El amor y el desamor en la pareja

Jul 3, 2012   //   by Nuria Ros Cubel   //   Artículos  //  Sin comentarios
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Ya está hecho sucumbió ante el tobogán del enamoramiento. Siente, piensa que encontró el alma perfecta, hasta sus supuestos defectos son encantadores, pequeñas menudencias. Todo son cantos y lodes hacia el objeto del amor, palabra solemne. Paulatinamente y si bien no entendiendo por qué ni cómo se da inicio al proceso simbiótico y de manera paralela la pérdida de uno mismo. Es tanto el anhelo por caminar en armonía y complicidad que fácilmente se justifica lo injustificable.

Transcurre el tiempo, los hechos, los pequeños y grandes gestos, y esa proyección de nuestras carencias en la persona amada empieza a desviarse y se desencadena el nudo de la trama. Emerge el malestar, el nerviosismo, el descontento, el dedo acusador: “es que tú…”, el “esto no se puede soportar”, el “has cambiado tanto”, el sentirse atrapado por las obligaciones y compromisos establecidos. Respecto al común lamento del hipotético cambio del ser amado hay que observar que realmente siempre fue igual pero que mientras estaba en nuestro buxen prisma no se quiso ver.

Y así, con más o menos rapidez y elegancia se llega al desenlace: la separación.

Con el tiempo aparece otra persona y de nuevo se  inicia la representación y en muchos casos antes que se halla acabado el último acto de la anterior ya había interrumpido un tercer personaje que sirvió de palanca de empuje para la salida.

Son muchas las personas que se quejan de su supuesta mala fortuna con las parejas que han tenido a lo largo de su vida y que dicen: “Todos los raros me los encuentro yo”.

Pero, ¿cuál es el guión que nos lleva a elegir determinada tipología?. Sí elegir, aunque se diga “a mi me llegó”. ¿Conocemos cuál es nuestro decálogo de creencias y preferencias?, ¿sabemos cuáles son nuestros vacíos y carencias?, ¿somos conscientes que lo que ignoramos de nosotros mismos pretendemos y exigimos que nos lo satisfaga la otra persona?. Por cierto esto último hecho imposible. ¿Cuál es nuestro patrón familiar?.

Le resuena en la oreja lo de “respétame”. Y tú mismo, ¿acaso te respetas, acaso te conoces, acaso te valoras?.

Demasiados interrogantes, pero el primer paso es planteárselos antes de ceder la responsabilidad de nuestra “felicidad” en manos de otra persona.

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